/Y si la tierra debe regarse con sangre
a story from PIÑEN by Daniela Catrileo
Issue 3 - July/August 2026
Hoy es 25 de diciembre. Quiero escribirle, pero hace tanto que no hablamos.
Ahora mismo debería viajar conmigo o estar allá. Pero allá nadie quiere hablar de él. Si, por casualidad, su nombre asoma, las paredes se hinchan incómodas. Nos aplastan, adoloridas, las costillas de la casa. Todo cruje, arde la piel. Algo se quiebra por adentro. Y en esa grieta, la once con tomate, ajo y queso de cabra se vuelve un causeo agrio. El relato de sobremesa se trunca, y las calas del jardín mueren antes de tiempo.
Ni la comida nos puede salvar.
Allá nadie quiere esa pena que también es hambre. “Ay, otra vez no”, suspiran, cansados. Además, es verano, y en esa ciudad no hay viento. No quieren abrir la llaga con treinta grados encima. Una vez escuché a mi abuelita decir que no hay cosa más fea que llorar bajo el sol. No sé bien a quién le tiraba palos, pero lo aprendí de tan niña que hoy es casi un mandamiento. Odio el verano, me falta el aire.
Así que en diciembre entreno: me aguanto, respiro hondo, como si fuera a zambullirme en un pozo lleno de ranas. Sí, los parientes son las ranas.
Repito: no voy a llorar en este bus. No voy a llorar en verano.
Me acerco a la ciudad, palpo la aspereza de su mapa. Le nacen cuarzos afilados a las cumbres que la rodean. Cada cerro es un bosque de ortigas, espinos y vidrio molido. Aquí voy, Panamericana. Aquí me tienes de vuelta, pienso. Tras la cortina, los letreros se enredan, se deslizan ante el parpadeo. Tortillas de rescoldo, esculturas de mimbre, canteros de Pelequén. Bajo cada puente, nacen cauces de piedras y grúas, ya no hay lavaderos de oro.
Leo: gravilla amarilla, arena, ripio, canto rodado.
Todo se pesa por kilo. Todo tiene precio.
Se vende lo que resta del río.
Digo su nombre en voz baja, para no perder el eco de la infancia, esa huella pegajosa que somos. Porque sin su voz, no hay infancia. Nuestros cuerpos se borran de las fotografías, los nombres bordados en la ropa se deshacen, los dientes de leche desaparecen del velador de la mamá. Ya no hay cordón umbilical, pero la niña que fui exige su parte nublada. Y aunque me llene de niebla, digo: Ale, Ale, Ale, Ale.
Lo digo para honrarlo, aunque no quiera.
Invoco un espíritu que ahora desconozco, un conjuro fallido. De chica, él me enseñó a deletrear a ele e. Con los años, supe que esa palabra significa “luz de luna” en mapudungun.
Mi abuelo lo bautizó apenas vio su rostro iluminado a medianoche. O eso decían.
Es el mito de su nacimiento, su baño profundo de plata.
Quizás, antes de decir mamá, dije su nombre: a ele e.
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Llego al terminal, debo hacer transbordo al metro. Miro por un rato este cielo, hacia el horizonte se distingue una silueta azul opaca a punto de desaparecer: la cordillera es un animal manso. Al menos hay nubes que, amontonadas, parecen un mar distante, una ola que saluda desde lejos. Desciendo las escaleras y me entrego a un organismo impulsado por la luz. Ella se derrama sobre nosotros y como una diosa encaprichada nos deja caer hasta el submundo.
Así se siente viajar bajo tierra, no me acostumbro al retorno.
Mi ropa tiene escombros de humo; con cada movimiento se desprende la leña.
El calor invade los vagones del metro. Su aire tibio adormece a los pasajeros, apenas podemos abrir los ojos. Ventanas cerradas y, desde el techo, gotea un líquido transparente, dudoso, obstinado. Esa gota es nuestro sudor supremo, condensado. Su terquedad por la vida es tal que continúa su flujo por fuera del cuerpo mamífero. Qué envidia.
En este sofoco mi pelo parece una medusa triste, una que tiene los tentáculos en desorden sobre la arena. No entiende cómo llegó allí, ni por qué la tristeza. Se mueve en las profundidades sin cerebro y sin corazón, y cual barco cojo, encalla contra un montón de rocas.
Una mujer las llamaba “lágrimas de mar”. Me sorprendió tanto ese nombre que, sin conocerla, le dije: “Disculpe, usted es una poeta”. Ella sonrió por cortesía, y yo me avergoncé. No sé por qué actué así. No pensé antes de hablar, antes de interrumpirla.
Me surgieron las palabras como a quien se le aparece un cuerpo brillante en el barro y desea exhumarlo de pura tentación. Así se siente el deseo: una incandescencia en los filamentos de la garganta.
Una garganta que tiene boca propia.
Con ella, mi rostro parecía enamorado, pero mis palmas estaban vacías, sin rastros de la línea del amor. Esa mujer se llamaba Natalia; me abandonó a los pocos meses.
Entonces, ya no me parecía una poeta.
En momentos como ese, me hubiera gustado tenerlo cerca. Ale estuvo conmigo la primera vez que me rompieron el corazón. Y aunque quisiera, eso no se olvida. Yo tenía catorce, él estaba por cumplir dieciocho. Aquel día recibí una carta breve, cruel, sin firma, solo un: “Ya no te quiero”.
Era invierno, año del caballo de agua según el horóscopo chino.
No sé qué animal sería en un horóscopo mapuche, supongamos que el año del pudú de fuego. Nuestras habitaciones estaban separadas por una cortina azul con pequeñas estrellas doradas que resplandecían en los contornos. Un trozo de cielo nos dividía, su luz de luna, tal vez.
En las madrugadas podíamos oír nuestros insomnios, nuestras pesadillas. Desde mi almohada escuchaba las lenguas extrañas que lo envolvían, junto al ritmo manso de su respiración.
De niños nos acostumbramos a contar historias de una habitación a otra, hasta quedarnos dormidos con las palabras, con los seres invocados. Pero esa noche no quise hablar. Lloré bajito, me salía un chillido de animal recién nacido y apenas dormité.
A la mañana siguiente, como cada mañana, caminamos juntos al liceo. Avanzábamos entre los blocks, siguiendo una línea imaginaria trazada en la vereda, hasta que las miradas vigilantes del pasaje quedaban atrás. Un departamento podía contener veinte ojos o más. Y el poder de sus lenguas, a veces, se triplicaba. El acecho contemplaba incluso lo que no hacíamos.
Parecíamos fugitivos, esquivando sapos. Quizás lo éramos.
A cada paso, rumiante la frase “Ya no te quiero” regresaba. Sin darme cuenta, estábamos en la esquina del liceo. No recuerdo si Ale me habló en el camino. Al menos yo no abrí la boca. Entonces, sorpresivamente, se detuvo y me abrazó, como un cóndor caído que arrastra sus alas frente al desamor. Me quedé inmóvil. Había tragado las palabras de la carta con vergüenza, pero él siempre encontraba las formas de saber.
Su olor me envolvió: champú de hierbas, cigarro, marihuana.
Se soltó el moño de la melena negra. Sus ojos castaños se veían más claros, directos, a contraluz. Sonrió desafiante y dijo: “No, ni cagando vamos a entrar. Mejor vámonos”. Asentí. Y, en secreto, dije gracias como si le rezara. Me daba igual repetir el año, con tal de no ver a mis compañeros ni dar explicaciones a las profesoras. No podía concentrarme en el fin de la Guerra Fría, menos en las ecuaciones cuadráticas de segundo medio.
Él no cortaría su melena, yo no dejaría de amar.
Adiós, liceo.
Nos dimos la vuelta con un gesto marcial y guardamos las corbatas en la mochila. Ale sacó un pito de su billetera, lo encendió y me lo pasó. Compramos cervezas frías y vagamos por la línea del ferrocarril, seducidos por el óxido de los rieles y la furia de los trenes de carga, escapando de las tareas como bestias hermosas.
En los patios vecinos, parrones, moras y tunas rebosaban los cercos; salvajes sus ramas trepaban los alambres más allá del cielo. Las casonas de adobe dormían ocultas en la espesura de verdor y polvo, aunque se podían oír sus latidos: gallinas, perros y caballos impulsaban el concierto. La presencia incuestionable del sonido.
Para no caer, caminábamos sobre los rieles con los brazos abiertos, como si piloteáramos esas chonchas de papel que nos hacía el abuelito. Arriba, tan arriba del sol.
Ahí, juntos, una vez más, habíamos sobrevivido.
Volados, sin vértigo, cerca de la muerte.
Se decían muchas cosas de Ale. Ninguna buena. No sé qué tan reales eran esas historias. Pasó de ser un chico tímido y amable del barrio a transformarse en quien, con dureza, orquestaba las malas juntas y la mala fortuna. Tuvo varios apodos, cada uno peor que el otro. Ninguno se relacionaba con el verdadero significado de su nombre.
Un día se perdió plata en casa y él se convirtió en el principal sospechoso. Tras meses de gritos, portazos y golpes, dejó de hablarse con el papá. Nunca supe si fue cierto; no quería creerlo, pero él aceptó su destino con un orgullo feroz, como si ya estuviera condenado. Mi mamá iba y venía, cuerpo tras cuerpo, buscando los retazos, los miembros dispersos, intentando colmar sus faltas, tratando de devolverles la unidad.
Aunque ya era tarde.
La sospecha se infiltró en cada habitación, en cada pliegue.
Tal vez ahí comenzó su fuga.
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A los vecinos les gustaba escuchar. Opinar por la gracia absurda de escucharse a sí mismos. Repetían una y otra vez los mismos juicios, se enredaban en ellos. Engrandecían cada error porque necesitaban un villano para sentirse honrados, para redimirse, para creerse mejores. Aunque el malo podría haber sido cualquiera de nosotros. Ninguno era tan virtuoso, ninguno tan puro. Nuestras aguas turbias los espantaban. No sé qué querían, después de todo, éramos sus descendientes. Huesos de sus huesos, carnes de sus carnes.
Lo cierto es que, junto a Ale, a pesar del caos, todo se volvía más liviano para mí. Una luna iluminando la niebla adolescente. O así lo quiero recordar. Me sentía invencible con él. Y, de vez en cuando, me regalaba un poquito de su ligereza, un respiro entre las cenizas. No podía entender cómo los pedazos que otros tenían de él no se parecían en nada a los míos. Algo no encajaba. Pero todavía hay quienes confunden la luz con la oscuridad.
Al atardecer, decidimos volver. Me dio un chicle de menta, gotitas para los ojos y, como si nada, sacó una lata de spray. En aquella época, Ale rayaba todas las paredes, todas las calles. Recuerdo sus manos salpicadas de pintura acrílica, como si fueran venas azules, espesas y resplandecientes. Estaba obsesionado con la frase: “Y si la tierra debe regarse con sangre”.
Nunca me contó de su origen. Yo le daba vueltas y vueltas al acertijo. Siempre imaginé que podía ser la traducción de una canción o algo parecido. Pero esa tarde cambió la frase y escribió: “Ya te olvidé”. Se dio vuelta, buscando mi aprobación, y me guiñó un ojo.
Algunas de sus palabras siguen intactas bajo la línea del tren, en la Maestranza, en Estación San Bernardo, en ese mercado antiguo que luego se convirtió en culto evangélico y ahora es un mall chino.
Llegamos a casa antes que nuestros padres. Nos quedamos en su pieza, observando cómo los astros de la cortina parecían más brillantes. Puso un cd. En la carátula, aparecía el torso desnudo de una mujer rubia y una frase en rojo: This is hardcore.
Acomodé mi cabeza sobre su vientre.
Fue la primera vez que escuché a Pulp con el corazón roto.
Al finalizar el invierno, Ale desapareció.
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Un hombre joven que está frente a mí cabecea y se despabila con su propio ronquido. Parece que se tragara una ráfaga de viento, un remolino con diablo y todo. Me mira un par de segundos, intenta mantenerse despierto, pero sus párpados son alas de insectos que se desploman. He observado este fenómeno en las termitas y en las efímeras: el viscoso cuerpo caído late con el recuerdo de las alturas. El palpito de sus carnes anuncia que pronto serán cadáveres.
La diferencia con los humanos es que nosotros no recordamos la futura muerte, no la nombramos hasta que se nos aparece, y ya es tarde para escapar del universo de epitafios, mantras y pompas fúnebres. Aunque andemos con los fantasmas penando y tirando de nuestros ropajes, preferimos evadirlos, sobre todo de día.
Me pregunto si mi mamá piensa que Ale es un fantasma y por eso lo evita. Pero se le olvida que no puede haber muerto sin velorio.
Antes de llegar a Estación Central, el metro frena de golpe. Vuelan teléfonos, abanicos y paquetes de regalo. En la esquina del vagón, un grupo de señoras cae y ruedan figuras de porcelana.
Un pequeño caos: gritos que parecen truenos, olor a fritura quemada y una guagua que llora con hipo y sin consuelo.
Todos nos derrumbamos sobre otros pasajeros, somos un salpicón de codos y rodillas hundidos en las cavidades ajenas. Tímidos por la proximidad, poco a poco, retornamos a nuestra posición inicial. Por un momento, la escena parece una pintura, la reproducción de una pequeña batalla o de una casa en día de fiesta. A pesar del desastre, opto por la festividad.
Entonces, recuerdo ese poema de Juarroz que Ale leía para mi cumpleaños:
En el centro de la fiesta
está el vacío.
Pero en el centro del vacío
hay otra fiesta.
Nadie recoge a las figuras, tampoco a las señoras.
Somos este vacío, esta fiesta.
Entre los restos y los cuerpos con posturas imposibles alcanzo a ver a un santo sin cabeza. O puede que sea un ángel o una hada. Un duende no es, una virgen menos. Eso creo percibir desde aquí. Me pregunto si el gesto acéfalo es una señal pagana o un mandato divino.
Quizás ambos a la vez.
Lentamente, surgen nuestras voces hasta formar un zumbido molesto. En pleno murmullo, logro distinguir algunas especulaciones; siempre son las mismas teorías. Me gustaría oír algo diferente. Una de las señoras que cayó quiere levantarse y se apresura para gatear, pero desde el fondo alguien grita: “Oigan, si las damas se pegaron en la cabeza mejor que ni se paren, es muy peligroso”. Así que, obedientes, ellas buscan una posición cómoda y se aferran al piso como si estuvieran comprobando con su propio peso la ley de gravedad.
Una tiene el cabello ruliento cobrizo, la otra, un escalonado cereza; ambas lo llevan corto. Conozco muy bien la gama de los rojos, porque hace unos años, mi mamá experimentó con cada tono: borgoña, granada, fuego, coral rojo, rojo vibrante, cobre.
Nunca encontró el ideal, decía que ninguno era rojo-rojo, así que volvió al casi-negro-casi. En los años del cabello rojo, Ale todavía llamaba. A veces dejaba mensajes crípticos para descifrar, aunque a los papás no le hacía ninguna gracia. Yo coleccionaba sus palabras como si fueran piedras, ramas, conchitas. Armaba un hombre-niño, un hombre-hermano, un hombre-luna.
Su habitación parecía intacta, a pesar de la maraña de líquenes y enredaderas que se trenzaron sobre la cama tibia que espera al ausente. No hay tiempo en la paciencia de los objetos; solo se llenan de polvo o de nosotros, que somos el polvo.
Me quedé algunas noches en el vientre oscuro de su pieza; parecía un refugio de sobrevivientes, un nido de pajaritos abandonados. Pero el colchón se fue hundiendo en sí mismo, luego parecía una tormenta y alguien del pasaje dijo que podía estar embrujado. Le colgaron cuánta cosa a esa cama: escapularios, santitos, medallitas de plata, agua bendita, coronas de romero y velas que cambiaban de color según el estado de ánimo de la casa. Ni recuerdo qué vecina aconsejó a mi mamá con los secretos de las videntes. Hasta que llegó el abuelito, y muy enojado dijo: “Esto no es na kalku”. Y mencionó el sueño que tuvo cuando el Ale nació. Entonces, la palabra pewma sonó tan bonita en su boca que la repetí toda esa semana. Habló del olvido como un daño antiguo que no termina, mientras cebaba un mate con cedrón. Luego hubo un largo silencio de infelicidad que continúa hasta nuestros días y por eso callan con su nombre, que se tornó peligroso. Se zurcieron la boca para que la lengua triste no los traicione.
Cada familia es un país. Puedes encontrar catástrofes y victorias.
Por eso, el colchón terminó cubierto de costras, ácaros, chinches, plagas. Ahí, en la esquina de los blocks, al lado de la peluquería haitiana, entre las máquinas tragamonedas de la plaza que no es plaza. Y cada tanto, le nacen yuyos, malas hierbas, pasteros y camadas de perritos con parásitos.
El metro no avanza. Apaga las luces. Las señoras se quedan un buen rato en el suelo, conversan y parecen animadas. No sé cuánto tiempo estaremos aquí. Tal vez debería ir a recostarme junto a ellas y preguntarles dónde estaban para el último terremoto. En este lugar, es una buena pregunta para iniciar una conversación; luego, ya puedes soltar tus penas, y quizás ahí me echaría a lloriquear tranquila con mi verdad, aunque sea verano. Total, la abuelita no me puede ver aquí. Podría continuar con un: “Sabe, una vez tuve un hermano. Quizás ha escuchado su nombre, apareció en todas las noticias”.
Cuando Ale desapareció, me creció una avalancha que nunca se derrumba del todo. Ahora tengo una gran montaña en el pecho que chorrea y chorrea nieve, pelos, muebles, plantaciones de pino. Y no sé cómo detener este alud que también me arrastra, este mal de hija única que parece mal de ojo. Pero yo no quiero llevar dentro esta fuerza que arrasa.
Sea como sea, parecen señoras que me darían consuelo.
En cada una busco una madre, una abuela, un hermano.
Toda conversación me parece más interesante que observar al hombre que duerme y cabecea. Las señoras sueltan unas carcajadas, se hacen tan amigas en el porrazo que se mimetizan, y ya no distingo muy bien sus rojos. Algo mencionan sobre las papas mayo o las caderas. El vagón se relaja un poco, y hasta la guagua con hipo deja de llorar.
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Nos quedamos un largo rato detenidos en el túnel. Algo dicen en el altavoz, pero las frases se desarman, se deslizan en una onomatopeya extensa, como una ola contra los acantilados, un chasquido de lengua y un canto tembloroso de una rana que teme su extinción.
Todo a la vez.
Entonces, por el parlante escucho un:
jrushtchcroac
un loop de sílabas quebradas.
jrushtchcroac
un mapa de sonidos que mueve sus fronteras.
jrushtchcroac
una lengua cansada de existir en la boca de una locutora que trabaja demasiadas horas y no tiene contrato.
Pobre lengua.
Pobre.
Lengua.
jrushtchcroac
No puedo combatir la somnolencia. Para no dormirme, imagino todos los inventos que me gustaría concretar, pero al rato se desmoronan: el sueño me vence. Las ideas se disuelven en una hilacha de imagen tan minúscula que no se puede enhebrar. Una figura ambigua, un pensamiento sin pies ni cabeza ni alas, un sueño que se deshace. Un símbolo que se deforma hasta dislocar su representación. En un instante fue destello o rayo, y ahora solo tengo migajas. Sí, en la desesperación, ilumina la grieta.
No hay caso. Se me aparece él y la fantasía es ahuyentada con su falta. Como una nube, parece palpable, aunque al rato desaparece. El pensamiento inquieto no deja de reunir los recuerdos:
Un Ale ebrio leyendo poemas en la cima del Chena.
Un Ale con la boca llena de azul de metileno, por si drogaba.
Un Ale con asco probando el ñachi que le daba la abuelita.
Un Ale pequeño diciendo:
“hermana, repite, a ele e”.
Este sopor me provoca estupidez súbita o, tal vez, la nostalgia es crónica. Depende de quién juzgue. Si fuera mi mamá, diría idiotez; si fuera mi papá, tristeza. Yo apuesto por una alucinación breve impulsada por la fiebre del verano, que a su vez es impulsada por el cambio climático, que a su vez es impulsado por las grandes industrias, que a su vez es impulsado por multimillonarios que no creen en el cambio climático. Ya sabemos.
Digamos que soy ese espacio intermedio.
Idiotez, tristeza, fiebre. Esa zona que piensa mi madre, mi padre y yo.
Ale también lo era.
Después de todo, crecimos en el mismo país, en la misma familia, en el mismo vientre.
Me pongo los audífonos, pongo “tv Movie”.
Un Ale ronco canta con su guitarra:
Is it a kind of weakness to miss someone so much?
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Estaremos detenidos por varios minutos. Vuelvo a enfocarme en el líquido dudoso, pienso en la acumulación de la transpiración de los pasajeros. Quizás sea un depósito de sudor ancestral, la prueba empírica de que la unión hace la fuerza. Se me ocurre un chiste, pero lo olvido de inmediato. Lo olvido porque una de las gotas cae sobre mi pierna izquierda. De pronto, mi pierna es una cabeza calva, desnuda, expuesta. No debí usar falda. Me limpio antes de que alguien lo note, como si realmente importara. Quito la humedad con mis manos, que también están mojadas. Intento secarlas, pero las superficies están pegajosas.
Ahora no puedo olvidar que tengo los dedos impregnados con esa gota, esa gota creada de tantas otras gotas anónimas, menudencias orgánicas que las glándulas deciden evaporar.
La gota se vuelve mancha, tengo una mancha invisible, aunque puedo sentir la mugre.
Quiere mezclarse con mi propia transpiración.
Intento secarme con la otra mano. Junto las dos palmas juntas y las froto lentamente, piel contra piel. Pero la mezcla de la crema de manos, smog, sudor ajeno y el mío deja una estela de piñen. En este momento, me hago parte de miles y miles de cuerpos que pasan por aquí a diario.
¿Cómo llamar a esta comunidad, a este ser de agua y sodio? El dios líquido, la asamblea de fluidos, la exudación madre. Soy parte de una historia que me trasciende, un relato salino secretado por mamíferos de todos los tamaños, credos y nacionalidades. O al menos, por quienes transitan en este viaje. Pero no me convenzo, no sé si quiero ser parte de este proyecto.
Este problema del sudor supremo se parece mucho a esas ilustraciones del efecto invernadero que aparecían en los libros de Ciencias Naturales. Flechitas en varios sentidos, cayendo desde el Sol sobre un paisaje, y desde el paisaje al Sol. El efecto invernadero y el agujero en la capa de ozono fueron nuestro pequeño apocalipsis en la infancia, las formas de asustarnos sobre el futuro.
En el colegio nos hacían dibujar afiches con un dibujo de la Tierra triste porque estaba rota y un aerosol con cara de malo. Nuestra protesta ecologista radical era el frontis del colegio empapelado con nuestras interpretaciones del bien y el mal, en medio de un barrio de concreto y polvo que, con suerte, tenía un par de árboles y muchos intentos de macetas hechizas con restos de basura. Neumáticos con rayitos de sol, teteras con suculentas, tinas viejas con San Pedros y lenguas de suegra.
Entonces, Ale, como si fuera un caricaturista profesional dibujaba: un aerosol con cola de flecha. Un aerosol con dientes de vampiro. Un aerosol con tatuaje de veneno.
Por ese entonces, los adultos todavía decían que nos podíamos salvar, aunque no sé si se referían al planeta. Y ahí andábamos, una brigada de infantes recogiendo colillas de cigarro y reciclando envases de yogur para nuestros almácigos de legumbres. Pero en algún momento la trama cambió.
De un instante a otro, un inmenso glaciar se derrite y cae al fondo marino.
De un momento a otro, tu hermano es un oso polar solitario en un trozo de hielo que ya no aparece en los mapas.
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¿Qué le harán dibujar al niño de mejillas rojas que va a mi lado? Ambos nos inspeccionamos. Nunca había visto a alguien tan feliz con su polera del Colo-Colo, su bebida y su sudor, como si no necesitara más placeres en esta vida.
El niño es el único testigo de la gota sobre mi pierna, la gota en mi palma, la gota en mis manos, esta mancha original. Siento que me juzga mientras se toma la Fruna frutal al seco. Intento desviar la mirada y volver a mis proyectos imaginarios, pero él insiste con sus ojos negros, aceitunitas de Azapa, observando mi mugre. Creo que es capaz de percibir tanto la de afuera como la de adentro. Por eso me inquieta.
Debe tener un espíritu muy antiguo.
Ale hubiera dicho que ese niño es uno de los nuestros, aunque la verdad es que aquí todos se nos parecen.
El vagón enciende las luces, reanuda la marcha y algunos aplauden.
Las señoras al fin se levantan y se oye un “eh, eh, eh” de alegría.
Llegamos a la Estación Central. Me levanto rápidamente.
Hago combinación de metro a tren, en dirección a Estación San Bernardo.
Ni sé si Ale tiene teléfono. No sé si usa. No sé cómo es su rostro ahora, su cabello.
Si tiene hijos. Si alguien se atreve a pronunciar su nombre sin que le cruja el esqueleto.
Cuando huyó, la policía nos persiguió. Tanto tiempo, demasiado. Nos habíamos acostumbrado a la palabra “desaparecido” hasta que cambió a “clandestino”. Y esa palabra parecía inmensa, se hinchó como un animal de muchas lenguas en la boca de los vecinos. Una orquesta desobediente dentro de sus cuerpos, un instrumento rarísimo que nadie supo tocar.
La desaparición tragó su nombre. Y el fulgor de la luna quedó como un rumor entre los blocks. Como cuando una luz se apaga porque no hay astro que la sostenga, y el estremecimiento se vuelve mito.
Para algunos es un héroe, para otros un criminal.
Un día me fui yo también. Pero no desaparecí. A veces vuelvo, visito a los sobrevivientes de la catástrofe. Llevo este alud en el pecho.
Pasé años esperando. Alerta, atenta, creyendo que llegaría una carta. O que lo encontraría por casualidad en un terminal de buses. Afinaba la vista, afinaba el oído.
Pero de él solo quedaron sus letras huérfanas bajo los puentes.
Quisiera escribirle, pero hace tanto que…
Le escribiría:
Ale,
Hoy es 25 de diciembre. Algunos celebran Navidad, otros la caída de Pedro de Valdivia.
Tú sabes que nuestra familia está en el medio, les gusta el festejo.
Sea muerte o sea nacimiento, siempre habrá brindis.
Y, al final de la noche, alguien pondrá una cumbia que diga:
“Ya no te quiero
Y si la tierra debe regarse con sangre
Ya te olvidé”.