La danza de las balas
an excerpt from BULLET DANCE by Florentino Solano
Translated from Tu’un Savi to Spanish by Florentino Solano
Issue 2 - June 2026
El 25 de septiembre del año 2000 fue un lunes. Era el sexto día de la fiesta de San Miguel Arcángel, una de las festividades más importantes para los pueblos de la montaña de Guerrero. Tres danzas dirigían la procesión sobre la avenida principal de Metlatónoc. A escasos metros de la iglesia, un pelotón de 14 soldados se cruzó con la algarabía, un danzante que personificaba a un vaquero enlazó a uno de los hombres uniformados y éste cayó al suelo bruscamente. Cuando el militar logró liberarse del lazo, se puso de pie, levantó su fusil Colt M16 a media altura y apretó varias veces el gatillo en medio de la multitud. Aturdidos por los disparos, sólo algunos escucharon el zumbido de las balas al chocar contra el pavimento húmedo de la calle, después contra las piedras que formaban la barda de la iglesia y finalmente terminaron encajadas en una pared cercana de alguna casa de adobe.
Los pasos de los danzantes se rompieron en sincronía, el sonido de las flautas, del violín y de los tambores fueron apagándose gradualmente hasta reventarse en un silencio agudo y seco. Las risas y las conversaciones de la multitud quedaron congeladas en una pausa tétrica y prolongada. Esas balas atravesaron por la mitad el ánimo festivo del pueblo y reventaron la paciencia y consideración que éste había tenido con los militares hasta ese momento. Esas balas desataron la furia incontrolable de hombres y mujeres que se abalanzaron sobre los cuerpos uniformados desarmándolos al instante, golpeándolos, arañándolos, mordiéndolos y escupiéndoles en la cara. Encañonados con sus propias armas, los hombres verdes, como solían llamarlos en el pueblo, fueron arrastrados hasta el patio de la iglesia donde, de manera improvisada, se preparó una horca.
Esa fue la primera vez que el pueblo tomó las armas para ponerle un alto definitivo a las agresiones que durante más de medio siglo sufrieron las familias en manos del ejército. Esas balas no atravesaron ningún cuerpo ese día, muchos aseguran que fue por la gracia de San Miguel Arcángel, pero lo habían hecho cientos de veces antes, en cientos de lugares de la región, a veces sin ningún motivo, sin ningún pretexto, había sido por el simple placer de causar daño al otro, ese placer provocado por el instinto más perverso del ser humano. Había llegado el momento de que pagaran por cada uno de esos crímenes.
Recuerdo que muy poco se habló de ese choque entre pueblo y ejército, sólo dos notas se publicaron: una del periódico La Jornada y otra de El Universal. El gobierno no quiso que se supiera la noticia porque sabía que eso aumentaría la crisis social en Guerrero y Oaxaca, o por lo menos dejaría en evidencia la vulnerabilidad de los cuerpos castrenses al internarse en las montañas. En el pueblo, en cambio, se habló mucho de eso, durante varios años. En las fiestas, sobre todo en la de San Miguel Arcángel, cuando se recordaba el tema se elevaban docenas de cohetes, las bandas surcaban el viento con sones y chilenas y las campanas repicaban por largo rato. Pero pasados los años, los jóvenes de la nueva generación comenzaron a preguntarse cómo se pudo llegar a ese punto, cómo fue que un suceso de ese tamaño tuvo lugar en medio de un pueblo que parece tan pacífico, tan tranquilo, tan inmerso en lo suyo. Pienso que todos los pueblos son monstruos dormidos, descansando en sus propias costumbres y tradiciones, pero pobre de aquel que ose despertarlos porque no habrá nada que los detenga, incluso la propia muerte temblará ante ellos.
Por eso, para entender lo que sucedió aquella vez es necesario recordar, ir más atrás, escudriñar la memoria histórica, recorrer medio siglo por lo menos. Sólo así se llegará a conocer las historias que estos pueblos Ñuu Sávi guardan, silenciosamente, en algún rincón de la memoria con intenciones de olvidarlas para siempre, de no recordarlas jamás. Pues muchos de los que viven en estos lugares guardan historias muy dolorosas y amargas de sus encuentros con los militares. Algunos, si fueron afortunados, sólo llevan esas historias en la memoria, pero otros, que no tuvieron tanta suerte, llevan esas historias en forma de cicatrices en todo el cuerpo. Las mujeres, como bien se sabe, no sólo llevan cicatrices en el cuerpo sino también las llevan en el alma en forma de traumas emocionales incurables, silenciosos y eternos. Esas historias de sangre y dolor no mueren con la persona, al contrario, se heredan y se sufren durante varias generaciones.
El ahora dos veces ex Presidente Municipal y ex Diputado Estatal, Rutilio Vitervo, me contó un día una de las tantas historias que atestiguó mientras trabajaba como maestro de primaria en las comunidades lejanas del este. En 1988, en Villa de Guadalupe, un grupo de militares que se dirigía hacia Metlatónoc pasó por la comunidad y revisó casa por casa en busca de armas de fuego o goma de amapola, y en una de ellas que quedaba cerca de la escuela, un soldado se detuvo ante una joven de 15 años, cuyo nombre se omite por obvias razones, que echaba unas tortillas en el comal sobre el fogón. El militar miró en la pared un racimo de plátano madurado al calor del fuego, arrancó dos pencas y se los aventó a sus compañeros que esperaban en la puerta. La joven continuó cortando la masa sobre el metate para hacer más tortillas. El soldado se inclinó para tomar una de las tortillas que la joven depositaba sobre una servilleta en una bandeja y ella le dio un manotazo. El militar enfurecido la tomó de los brazos, la levantó y fue a azotarla sobre una cama de varas de otate que estaba en un rincón. Los que esperaban en la puerta se hicieron de la vista gorda mientras el agresor luchaba con la joven para saciar su salvajismo en ella.
Rutilio Vitervo, único maestro de la comunidad, se dio cuenta de la agresión y mientras se acercaba comenzó a gritar exigiendo a los militares que dejaran en paz a la joven y que se largaran del pueblo inmediatamente. Uno de los soldados que estaba en la puerta, recibió al maestro con un golpe en el estómago, Rutilio se retorció de dolor, mientras el agresor y sus compañeros abandonaban la escena con la mirada llena de maldad. El maestro se repuso y fue a auxiliar a la joven, cuyo rostro bañaban lágrimas de coraje y dolor. Rutilio tuvo la mala suerte de presenciar varias agresiones de ese tipo en las comunidades en que trabajó, por eso comenzó a platicar con los representantes de cada pueblo para llegar a ser Presidente Municipal algún día y juró que, de lograr su objetivo, prohibiría para siempre la entrada de militares a toda la montaña de Guerrero, para que ninguna familia más sufriera aquellas agresiones.
Otro suceso que el profesor Rutilio recuerda a detalle fue el que tuvo lugar el 31 de marzo de 1998, mismo que fue haciendo más delgada la tensión entre pueblo y ejército. Para esa fecha, Rutilio Vitervo ya se desempeñaba como dirigente del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y se encontraba viviendo en la cabecera municipal, por lo que tuvo la oportunidad de seguir muy de cerca los hechos. Recuerda que era un martes y ya estaba oscureciendo cuando terminó una reunión con algunos líderes de su partido. Al salir a la puerta de la Casa del Partido a despedir a sus compañeros, miró pasar una caravana de Humvees con militares que iban de regreso a Tlapa de Comonfort. Les mentó la madre y se fue caminando a su casa. Estos militares avanzaron unos 12 kilómetros arriba y, al encumbrar la montaña El Colibrí, cerca del pueblo de San Rafael, ahí esperaron a que los encontrara un vehículo Ford Lobo blanco del Ayuntamiento Municipal, que regresaba de Tlapa a Metlatónoc con un portafolio que contenía 185 mil pesos para el pago de nómina del Ayuntamiento. La versión de los militares que le llegó al gobernador Ángel Aguirre, y la que se mantuvo hasta el final por la parte oficial, fue que cuando ellos comenzaron a bajar hacia San Juan Huexoapa, un vehículo iba subiendo a su encuentro, y que tan pronto los pasajeros del vehículo municipal estuvieron cerca, en evidente estado de ebriedad y sin pensarlo, abrieron fuego contra la caravana militar, lo que los obligó a responder con fuego y, una vez neutralizados los atacantes, la caravana retomó su camino rumbo a Tlapa a toda marcha.
La versión del Tesorero Municipal y sus acompañantes es que ellos venían en total sobriedad y de la manera más normal cuando se toparon con varios vehículos militares bloqueando el ancho del camino de terracería y en seguida, Eloy Ramón Ortiz, uno los agentes de la Policía Municipal que escoltaba al Tesorero, bajó con la intención de hablar con los soldados, pero en lugar de palabras fue recibido a balazos, sus demás compañeros se refugiaron como pudieron en la caja y en la cabina del Ford Lobo, sin embargo todos resultaron con heridas graves, incluyendo al Tesorero. Una vez que los militares consideraron que los municipales ya no representaban peligro alguno, inspeccionaron la unidad a punta de armas y se llevaron el portafolio lleno de dinero. Ninguno de los municipales disparó una sola bala, como lo constató el comandante de éstos cuando llegó al lugar una hora después.
Para esa hora, Rutilio Vitervo ya estaba cenando en su casa. De repente un policía tocó a su puerta llevándole la noticia, recibió los pormenores de camino al Ayuntamiento, y una vez ahí, se fue con don Emiliano Rojas, Síndico Municipal en aquel entonces, rumbo a la escena del crimen, porque no estaba el Presidente Municipal y Rutilio era el hombre de confianza. Cuando llegaron al lugar de los hechos el comandante de la Policía Municipal realizó una inspección rápida y se determinó, por las evidencias halladas en el lugar, que había sido un ataque premeditado por parte de los militares, además, testigos que vivían cerca confirmaron que los militares se habían apostado mucho antes de que los municipales arribaran, como si ya fuera su propósito esperar a los municipales y atacarlos a balazos.
Como sea que haya sucedido, lo cierto era que el cuerpo de Eloy Ramón estaba tendido bocarriba en medio del camino, ya sin vida, y había que llevarlo para entregárselo a su esposa Nieves Montealegre y a su padre, Santiago Ramón, quien era conocido de Rutilio. Al profesor le tocó hacer esta difícil tarea en nombre del Presidente Municipal que en ese momento seguramente dormía plácidamente en la ciudad de Tlapa. Así que subieron el cuerpo junto a los heridos en la caja del vehículo y volvieron al pueblo a toda marcha. Cuando llegaron al Ayuntamiento dejaron a los heridos para que el único médico del pueblo los revisara y se llevaron el cuerpo de Eloy con su familia. La que le abrió la puerta fue la esposa, quien rompió en llanto cuando escuchó la noticia. Rutilio, junto con el Síndico Procurador, acompañaron a la familia hasta pasada la medianoche cuando llegaron más familiares y conocidos a relevarlos, otro motivo más para que el profesor intensificara su campaña como candidato para Presidente Municipal. Y así, tras una década de intenso trabajo comunitario y asociación política, el profesor Rutilio Vitervo tomó posesión como Presidente Municipal el primero de diciembre de 1999. Ese día reiteró su compromiso respecto al tema militar, ante la multitud que festejaba con júbilo su victoria; no obstante, estaba lejos de imaginar que en menos de un año viviría uno de los conflictos más decisivos para el pueblo de Metlatónoc, justamente con los soldados. Había logrado llegar a la presidencia, había logrado su objetivo, pero faltaba saber si aún conservaba sus ideales o ya los había perdido en el camino.